2. The Full Monty Parisino

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Perdida en mis pensamientos iba yo un viernes cualquiera en el transporte público de mi preferencia, “Soy totalmente Metro”, que ofrece los mejores espectáculos al viajero para amenizar su  trayecto… FALSO!. La verdad es que ya me tienen hasta el gorro los señores que se suben a tocar canciones tristes con violín, acordeón, etc. Al principio me fascinaba pero llega un momento en el que te hartas del: “Bésameee muuucho como si fuegra esta noshe la ugtima veeez”. En fín, mi selectivo cerebro es inmune a ritmos depresivos pero esta vez fue todo lo contrario, a mi vagón se subió un chavo que me hizo recordar la película “The Full Monty” porque no era muy agraciado, de hecho se veía “pachoncito” pero bailaba rap con unas ganas que la gente del vagón no tuvo más remedio que comenzar a aplaudir. Sin pensarlo dos veces, comencé a grabarlo con mi teléfono, él se dio cuenta, pero lejos de esconderse o portarse grosero dedicó unos pasos a mi cámara como si fuera yo alguien de MTV. Me puse roja como tomate y cuando su “asistenta” pasó a recoger la propina, sin pensarlo dos veces le di mi colaboración, lamento no haber traído más dinero pues la sonrisa que me sacó no tiene precio.

Meg


1. Mi primera vez

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Lo recuerdo bien, abordé el metro bajo un clima otoñal y portando un sweater naranja que podía ser todo menos discreto pues contrastaba de manera drástica con el color parisino por excelencia: negro. Era yo un puntito naranja en aquella masa negro-grisácea. Ahora que lo pienso debí haber sido algo así como una bofetada de color para las miradas poco habituadas, prometo que en mi próxima vida respetaré el código de vestimenta… Al entrar en el vagón, aquel olor me llegó directito a la naríz, era, sin bromear, como a “piecitos”; inmediatamente pregunté a mi acompañante, quien lleva tiempo viviendo en la ciudad de la luz, si percibía aquella delicada pestilencia, su respuesta fue: ¿cuál olor? En aquel momento me dije: “lo hemos perdido, su naríz se ha habituado”. Hoy, después de un rato de tomar el metro todos los días, lamento informar que yo también.

Meg


Crónicas del metro parisino

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No quiero perder nunca el asombro. Amo la capacidad de los niños pequeños para encontrar el lado maravilloso a las cosas simples.  Aquí mi anecdotario, meramente imprudente, del folklore en el transporte público por excelencia en ésta ciudad.

Para ustedes, sin censura, producto de mi ficción o mi realidad, las leyendas urbanas del metro parisino a través de los ojos de una nena: YO.

Meg


De fineza y otras cosas…

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No se me da estereotipar gente. Sin la intención de cuestionar el gusto musical de algunos ni mucho menos con el afàn de etiquetar como sucede a veces: le gusta la banda… es borrach@, le gusta el pop… es fres@, le gustan las cumbias… es nac@, le gusta George Michael… mejor ni le busquemos 😛 A mi me gustan las cumbias desde mi tierna infancia y aquí contaré un poco cómo sucedió.

Creo firmemente que los gustos musicales reflejan algo de lo que somos en el alma, de nuestra manera de percibir el mundo. Cuando eres niñ@ dichas preferencias se desarrollan en gran parte de lo que se conoce, es decir, de lo que rodea el entorno en el que se crece, principalmente de la familia. En mi caso debo aclarar, que mis papás siempre han sido fanáticos de la música en inglés de los años 70’s y 80’s, y por lo mismo no cabían en su asombro cuando escucharon a su pequeña de 5 añitos cantar un poco de algún éxito cumbia de aquel entonces. ¿Cómo una pequeña que va en jardín de niños conocía canciones de la Sonora Margarita, Dinamita y derivadas?

La pregunta quedaba en el aire,¿lo aprenderá en la escuela? Descartado, está recluida estudia en un colegio de monjas… ¿con alguna amiguita? Negativo, son popis hasta la pared de enfrente ¿¿Entooncees?? Y la respuesta vino a oídos de mi madre una mañana al abrir la puerta de la camioneta que me llevaba a la escuela diariamente al sonido de “Caarmeeen, se me me perdió la cadenitaaa” ¡Bingo! la señora del transporte.

Efectivamente, la Señora de la Combi. Aquella buena mujer con excelente sentido del humor, vestida en pants deportivos como si la Van que conducía fuera una bici del Tour de France. Esa mujer maternal y cafre del volante al mismo tiempo, con sus cabellos canos y rizados sujetos en una cola de caballo y en cuyo rostro portaba unos lentes de tipo aerodinámico del color del arcoiris. Sí, la misma que conducía aquella Van Econoline de vidrios ahumados y decorada con un apache del Santos Laguna (la mascota del equipo de futbol de la región) y una torreta ámbar sobre el tablero gustaba de semejante ritmo musical…

Yo a mi corta edad era su copiloto en el trayecto de ida y vuelta a la escuela, de las primeras niñas que recogía y de las últimas que regresaba a casa porque vivía en lo que en aquel entonces, en materia de vialidad, se consideraba lejos.

Fue gracias a ella que conocí clásicos como: Que nadie sepa mi sufrir, Oye abre los ojos y… La parabólica. Hoy puedo decir que, después de todo éste tiempo y con el libre albedrío al 100%  de conciencia, me mantengo firme y orgullosa en mi gusto por éste género musical que considero tan bailable, cargado de ritmo, energía y que siempre me pone de tan buen humor cuando traigo la moral baja.

Sí, soy una mujer de contrastes, que gusta de Vivaldi, Enanitos Verdes, Juan Gabriel, Kenny G, Emmanuel, Queen, Donna Summer, Madonna entre muchos otros; pero, no puedo negar algo: también soy cumbianchera y recuerdo con cariño a la Señora del Transporte, a quien le mando un saludo hasta donde quiera que se encuentre.

Meg