El primer paso es ponerse los tenis – Primera parte

Nunca me he declarado deportista. Cuando era niña, en la escuela estaba lejos de distinguirme por ser una estrella del deporte. De hecho, recuerdo que cuando “las capitanas” formaban sus equipos yo era de las últimas en ser escogida, oh sí.

Las pelotas de básquet me provocaban pavor, eran demasiado duras para mis dedos y mi coordinación era nada acertada para encestar la bola.

Cuando se organizaban carreras de relevos, yo tenía la impresión de moverme en cámara lenta.

Pegarle a una pelota de voley me irritaba la parte interna de los brazos, aunado a que cerraba los ojos en el momento en el que la veía caer de los cielos.

Recuerdo que cuando llegaba el momento de la clase de deportes, la mayoría de las veces ésta se realizaba en el horario del medio día, bajo el sol ardiente de Torreón y un calor que llegaba a atravesar la suela de los zapatos.

A mi profesor de educación física (a quién por cierto recuerdo con mucho cariño) le fascinaba broncearse y a mí todo lo contrario, me desagradaba sudar. Sus entrenamientos rayaban en lo militar, las formaciones se hacían al ritmo de “La marcha de Zacatecas” y “Cadetes de la Naval” (aun me dan escalofríos si casualmente llego a escuchar alguna). Estos temas nada femeninos para una escuela de chicas y francamente pasados de moda particularmente para mí, una puberta que gustaba de Kabah, Fey, Backstreet Boys y las Spice Girls.

En fin, sin sufrir de problemas particulares de peso gracias a una alimentación casera sana, una complexión esbelta por herencia y las maravillas del “estirón” de la adolescencia, nunca tuve –necesidad- de hacer ejercicio. Me había auto-mentalizado a que yo no era buena en ello, que eso no era para mí, que yo era la de las buenas calificaciones, la del verbo.

Siempre relacioné el ejercicio físico con dolor y esfuerzo innecesarios. Durante la universidad llevé a cabo varios intentos de actividades físicas (aunque nada constante debo decir) por influencia de buenos amigos y por la presión social de “inscribirse al gym”.

Desde que vivo en Paris mi vida ha estado lejos de ser sedentaria, no cuento con coche y utilizo el transporte público todos los días. Para quienes no saben de lo que esto se trata, el #metroparisino es un laberinto de escaleras y largas caminatas para hacer conexiones. Esto me ha permitido mantenerme en forma aunque según la opinión de mi doctor: “Hacer ejercicio a base de subir escaleras y utilizar el transporte público es perfecto… para personas que tienen 70 años”,  algo faltaba en mi vida.

Hace dos años aproximadamente, haciendo una comparación entre el alto costo de una membresía en cualquier gimnasio parisino y los bellos parques públicos dedicados al esparcimiento, decidí comenzar a correr. Al principio de manera esporádica, sintiéndolo  como obligación y pensando sólo en terminar la “larga” vuelta de dos kilómetros que me había fijado como meta para cada entrenamiento. Llegué a correr sin llevar una técnica, sin calentamiento previo, sin música, sin estirar después de terminar, sin poner atención a mi respiración y ritmo cardiaco, pensando sólo en acabar con “el martirio de la corrida” para poder pasar a otra cosa en mi lista diaria de pendientes por hacer.

Hace dos meses todo cambió, Cookies me preguntó si quería inscribirme a la carrera “10k Paris Centre” de Nike. Su argumento para engancharme convencerme fue: “tienes hasta 3 horas para terminarla”. Debo confesar que en ese momento pensé: “Bueno, si el chiste es terminarla, pues aunque lo haga en 3 horas y caminando, es posible para mí”. Así que nos inscribimos, y nos embarcamos en una aventura de entrenamientos y preparación para ese tan anhelado 10k que terminó mejorando nuestro estilo de vida y transformando mi manera de ver y hacer ejercicio.

Continuará…

Meg


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